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martes, 28 de junio de 2022

The fountains we drink from/ Las fuentes de las que bebemos

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La originalidad como tal no existe. Quienes han tratado la cuestión de la creatividad durante siglos lo saben de sobra.

 

Todos, en mayor o menor medida, hemos recibido alguna influencia. Compositores de la altura de J.S. Bach, W.A. Mozart o L.V. Beethoven, por citas nombres de peso, fueron en sus inicios meros continuadores de otros compositores que le antecedieron y con los cuales se sintieron en cierto modo identificados.

 

A la hora de abordar una composición, estamos inevitablemente sujetos a los avatares de nuestra memoria, de la que extraemos aquello que ilusamente nuestra mente confunde con algo original.

 

En todo proceso creativo lo que verdaderamente se da es una combinación de recursos que otros ya pusieron sobre la mesa y que se van enriqueciendo con cada aportación que cada uno hace al tablero de las ideas.

 

Muchas obras catalogadas de contemporáneas y que a priori pudieran parecer originales, no son más que el fruto de esa combinación de recursos a la manera como funciona el arte culinario. Los ingredientes suelen ser los mismos, pero depende de su configuración el modo de hacerlo más o menos original.

 

Sin embargo, esa confluencia de recursos que hemos ido acumulando a lo largo de nuestra vida terminan conformando un estilo personal que es el que hace diferenciarnos del resto.

 

A veces, muchos compositores caen en la redundancia, casi presos de su propio proceso compositivo. Hâendel utilizó, por ejuemplo, más de una vez la melodía de la famosa aria: Lascia ch'io Pianga, de una de sus mejores óperas, a mi parecer, Rinaldo. No es algo excepcional, todos de alguna manera, Antonio Vivaldi, el citado Bach o W.A. Mozart han repetido modelos de sus composiciones ya sea en forma de motivos, frases rítmicas, armonías, etc.

 

La honestidad es un componente muy importante en la creación. Nada podemos hacer cuando nuestra mente nos engaña tomando como nuestra alguna idea que quedó almacenada en la memoria y que le pertenece a otro, pero el creador debe a toda costa esforzarse y «jugar limpio» para no tomar conscientemente «prestado» ideas que no le pertenecen. Otra cosa bien diferente es cuando se realizan variaciones de una determinada idea o melodía. En mi discografía yo lo he realizado con bastante frecuencia: Variaciones del Conde Olinos (Asnografía, 2.009)), Ya vienen los Reyes (Tripartito, 2.011) o ¡Se hace saber! (Los Panza y sus Baratarias, 2.013)

 

En la música, que no es un arte de recursos ilimitado como muchos se piensan o dicen, es cada vez más frecuente encontrar muchos «préstamos» y no siempre de un modo honesto. Ocurre recurrentemente en la música popular, pero también en la ya anteriormente mencionada contemporánea.

 

Volviendo al símil gastronómica, cada vez queda menos espacio para no repetir un plato.

 

En el campo de los movimientos artísticos se percibe un gran estancamiento con respecto al friso histórico de la composición musical. Esto no es una gran noticia, porque como hemos comentado, los creadores beben de las fuentes que ya existen y al producirse un anquilosamiento las nuevas ideas pierden referentes.

 

Debemos huir a toda costa de los prejuicios y de los elitismos. Aún hay mucho compositor de la llamada música contemporánea creyendo que ha encontrado el Santo Grial.

 

No sabemos si, como el Universo, el arte, como acto creativo, tiene esa capacidad de expansión, máxime teniendo en cuenta las propias limitaciones mencionadas anteriormente. La música se compone, hasta el momento, de un número limitado de recursos, incluidos los micro tonos que debido a su carácter sutil no aportan gran cosa al enriquecimiento de una creación musical.

 

Así las cosas, al creador sólo le queda hacer un uso ingenioso de los materiales de los que dispone en la medida que sus capacidades artísticas y cognitivas así se lo permitan. Podemos hablar de lo que conocemos, y la llamada «inspiración» queda relegada a un espacio aún por conquistar, por desmitificar o por contradecir.

 

berekekê